A los 8 años me regalaron mi primera computadora.

No la usé solo para jugar o estudiar. Empecé a desarmarla, a entender cómo funcionaba por dentro, qué hacía cada parte. Después entré al mundo del software, con los sistemas operativos, con cómo se construían las páginas web. Comencé a hacer las mías propias. Estudié algunos lenguajes de programación. Me la pasaba navegando en internet, descubriendo cosas, metiéndome en foros. Era como encontrar un mundo que no sabía que existía. Todo por curiosidad, todo solo, sin que nadie me lo enseñara.

Esa forma de aprender se quedó.

Años después trabajé en el sector inmobiliario, en el lado comercial. Ahí aprendí a vender de verdad. No el concepto, sino la práctica. Escuchar antes de hablar, entender qué necesita alguien antes de ofrecerle algo, leer una conversación. Eso me dio un background comercial y empresarial que la tecnología sola no te da. Sigo vinculado a ese mundo hoy. Y todo lo que aprendí ahí me sigue sirviendo más de lo que esperaba.

Trabajo de día y pienso de noche. De día son anuncios, clientes, métricas y sistemas.
De noche cambia algo: leo, escribo, anoto ideas que probablemente no termine. Es ahí donde aparecen las cosas que el día no me deja pensar. Soy más creativo a las dos de la mañana que en cualquier reunión de las diez.

Me interesa hacia dónde va el mundo más que lo que pasa hoy. La tecnología me apasiona y me pregunto qué nos está costando. El marketing lo entiendo bien, y cada vez confío menos en cómo se enseña. La inteligencia artificial me fascina y me incomoda al mismo tiempo. Pero en el fondo confío en las personas más que en las herramientas. Todo lo que usás hoy empezó con alguien que tuvo una idea y decidió tomar acción.

Acá escribo todo eso.

Creado por Federico Gualtieri
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